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La Vida Que Dios Me Da

June 2, 2010 by admin · ESCRIBIR COMENTARIO 

Conoceremos que Dios nos creó por amor; comprenderemos que la vida es una y se vive una vez y que debemos aprovecharla.

Viviendo en este mundo

Sin tu consentimiento, estas  aquí instalado.

En el otro lado de la Tierra viven otros seres humanos, con la cabeza hacia abajo, sin sentir el menor malestar.

Cada día en este mundo vives: mueves brazos y piernas, comes, cambias de lugar unos objetos, rompes otros, después te acuestas y pierdes el conocimiento durante algunas horas, mientras que en el otro hemisferio de la tierra, la mitad de la humanidad, se despereza se levanta, come o trabaja para acostarse a su vez cuando tú te levantes.

Vives porque en tu pecho late tu corazón, un músculo que se halla en actividad noche y día, al cual tú no le has dado impulso y cuyo movimiento no puedes detener aunque quieras. ¿Quién lo ha puesto en movimiento?, ¿Por qué estás viviendo? Si te despertaras en el compartimento de un tren en el que se te hubiera puesto sin tu consentimiento, preguntarías inmediatamente por qué se te había puesto ahí y cuál es el término de tu viaje.

Tratándose de tu presencia en el universo y tu estancia en la Tierra, no te queda más remedio que preguntarte: ¿Quién me puso aquí? ¿Qué quiere ese Alguien de mí?

La Iglesia nos enseña…

Vamos a imaginarnos que nos montamos en un rayo de luz para salir de la tierra, explorar el universo y desde ahí tratar de resolver el misterio de nuestra vida.

Sentados en la nebulosa de Andrómeda, la más cercana a nosotros, trataremos de visualizar desde ahí la Vía Láctea, el Sistema Solar, la Tierra, nuestro país, nuestra escuela y, ahí, a nosotros mismos…¿Qué eres en medio del universo?, ¡poca cosa! Y sin embargo, el Creador del Universo, Dios, te conoce perfectamente y te puso en ese lugar para cumplir con una misión especial.

Voltea a verte: siente tu corazón que late sin cesar, día y noche, 70 veces por minuto, para enviar la sangre a todo tu cuerpo. Tus pulmones, que reciben la sangre para purificarla. Tu sangre que recorre todo tu cuerpo, alimentando cada célula sin que tengas que hacer nada. Tu estómago, que modifica los alimentos más diversos (pan, leche, zanahorias), para transformarlos en carne, huesos, uñas y cabellos y sin embargo,¡no se digiere a sí mismo! Tus ojos, ventanas maravillosas que transforman los rayos de luz en imágenes, colores y formas. Tu cerebro, la más maravillosa computadora, capaz de mandar ondas eléctricas a cada parte de tu cuerpo para que todo funcione correctamente. Verdaderamente, Dios estaba inspirado el día que te creó.
¡Eres una maravilla de la creación!

Sin embargo, la grandeza del hombre no radica en que el cuerpo humano sea una maravilla llena de misterios, sino en que Dios lo hizo especial y diferente de todos los seres de la creación.

Dios te tiene un amor tan grande que quiso que existieras, te quiso dar la vida. Él es el único dador de vida. Para que una vida humana nazca se necesita forzosamente de ese “soplo divino” que la ciencia no ha podido explicar, se necesita del “querer” de Dios. Tus padres han sido un instrumento del amor de Dios, han sido los portadores de este gran regalo que Dios te da: la vida.

Al apreciar nuestra vida y la creación de Dios nos damos cuenta de la grandeza de Dios y de nuestra pequeñez. ¡Es maravilloso estar vivo!

La vida es un tema apasionante, observamos los grandes esfuerzos que los científicos han hecho para encontrar el principio de la vida. Pero ésta sigue siendo un misterio para la inteligencia del hombre, pues todos estos estudios siempre terminan en un callejón sin salida, cuya única explicación es Dios.

Dios nos creó por amor, nos ama muchísimo. Al final de nuestra vida podremos encontrarnos con Él si hemos vivido de acuerdo a lo que nos enseñó.

La vida es el don más preciado que tenemos. Sin la vida no somos nada; sin la vida se acaba la esperanza; sin la vida se acaba la posibilidad de ganar el Cielo, la posibilidad de vivir eternamente. Con la vida tenemos la oportunidad de superarnos cada día, de ser mejores personas. Para ser mejores debemos cuidar y atender a nuestro cuerpo y alma. Utilizar correctamente cada una de las facultades que Dios nos dio: la inteligencia, la libertad y la voluntad. No sólo tener, sino vivir de acuerdo a una escala de valores, formar nuestra conciencia.

Somos personas, tenemos un alma, una vida; y esta vida se da mientras el alma está en el cuerpo. Lo que hagamos con nuestro cuerpo influye sobre nuestra alma y es por medio del cuerpo como vivimos las virtudes o caemos en los vicios. El pecado es el resultado de utilizar el cuerpo inadecuadamente, no según la ley de Dios.

Al terminar la vida, termina la oportunidad de hacer algo para poder llegar al Cielo.

Hay que vivir la vida tratando de alcanzar la vida eterna y no perder de vista esta meta.

Podemos ir a un cementerio y observar todas las tumbas de las personas que ya han muerto. Algunos pudieron haber vivido en la opulencia, otros arrastrados por las preocupaciones de la vida, otros en la miseria, etc. Podemos pensar qué sentido habrán tenido sus vidas. Todos vamos a morir y lo importante es el sentido que le demos a nuestras vidas. No sabemos cuánto tiempo vamos a vivir.

Esto nos hace reflexionar sobre el valor del tiempo en esta vida . No vamos a tener otra oportunidad. Esta vida ahora, esta vida terrena que vivimos es LA OPORTUNIDAD que Dios nos ha dado para poder salvarnos. Esta vida tuya es para salvarte ( cfr. CEC 362).

El uso que demos al tiempo en nuestra vida tiene mucho valor. Se dice que “tiempo es dinero”. Pero el tiempo es más que el dinero, es nuestra vida, nuestra única vida. El tiempo vale mucho porque es el único que vamos a tener y por lo tanto, nuestra estancia en este mundo de tiempo y espacio es la única vez que vamos a participar de ver la creación, experimentar el tiempo, experimentar el cambio de las estaciones, el clima. La única vez que vamos a poder participar de las realidades a nuestro alrededor como son las plantas, los animales. Por lo tanto debemos valorar este tiempo que tenemos, esta única oportunidad, para merecer nuestra salvación. Para esto estamos aquí, para salvarnos. El cuerpo es instrumento para que nos salvemos, obrando el bien para lograr nuestra salvación y viviendo de acuerdo a lo que Dios pide de nosotros en cada momento.

Debemos tener muy claro que esta vida es pasajera y que la verdadera vida es la vida eterna, pero sólo la ganaremos si aprovechamos bien cada minuto de la vida presente. Esta vida es la única que tenemos, por lo que tenemos que aprovechar el tiempo y el cuerpo que Dios nos dio para alcanzar el Cielo.

Todos nos damos cuenta que nuestra vida tendrá un final. Va a terminar algún día. Vamos a morir.
La felicidad o la infelicidad de nuestra vida futura depende de cómo administremos la vida presente. Necesitamos aprovechar el tiempo que tenemos para que nuestro desarrollo físico, intelectual y espiritual se dé de acuerdo a lo que Dios quiere de nosotros. Aprender a manejar nuestros sentimientos, nuestras pasiones, nuestro egoísmo para el bien propio y de los demás. Aprovechar todo lo que Dios nos dio viviendo una escala de valores en la que nuestra meta sea alcanzar la vida eterna, llegar a Dios. Si vivimos así, vamos a ir alcanzando la felicidad en esta vida y luego la felicidad completa al llegar al Cielo. Hay que vivir intensamente esta vida pero sin perder de vista el cielo. Saber admirar las bellezas de la vida, detenernos a contemplar el mundo en que vivimos. Saber transmitir este valor tan grande de la vida a los que nos rodean, esta gran alegría de estar vivos.
“Los años son unos y no más, y al final de nuestra vida sólo nos llevaremos lo que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.”

Existen personas en el mundo que han comprendido muy bien el valor de la vida y oran y luchan por esta causa. Existen movimientos a favor de la vida, las hermanas seguidoras de la Madre Teresa de Calcuta que trabajan con los pobres de los pobres, sacerdotes que trabajan con los adolescentes que se encuentran en problemas de drogas, alcohol, etc.

La vida humana tiene un gran valor por venir de Dios y tender hacia Él. Dios está presente en nuestras vidas y nos acompaña en las buenas y en las malas.

Dios nos mandó a su Hijo Jesucristo a la tierra a salvarnos y enseñarnos el camino para llegar al cielo. Nos regaló esta vida y nos ofrece la posibilidad de la vida eterna, de la vida llena de felicidad cerca de Él. Vale la pena esforzarnos para alcanzar este gran regalo que Dios nos ofrece. Tenemos unos medios que nos dejó Jesucristo y que nos ayudan mucho a ser mejores como personas y a vivir cerca de Él: los sacramentos, la oración, y la guía segura del Papa y la Iglesia.

En el Evangelio de San Juan (Jn.1, 35-49) dice Jesús “Yo soy el pan de vida; el que viene a mi, ya no tendrá más hambre, y el que cree en mí, jamás tendrá sed.”

Debemos hacer nuestras estas palabras del Evangelio para vivir la vida plenamente, ser felices aquí y poder llegar al cielo.

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